Los ensayos

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CAPÍTULO XXXVIII

LA SOLEDAD

a | Dejemos de lado esa larga comparación entre la vida solitaria y la activa.[1] Y en cuanto a la hermosa frase con que se cubre la ambición y la avaricia —que no hemos nacido para nuestro interés particular sino para el público—,[2] no temamos remitirnos a quienes están en la danza; y que se pregunten en conciencia si, por el contrario, las dignidades, los cargos y el ajetreo del mundo no se buscan más bien para sacar provecho particular de lo público. Los malos medios con los que se impulsan en nuestro siglo muestran bien que el fin no vale mucho.[3] Respondamos a la ambición que es ella misma la que nos brinda el gusto por la soledad. Pues ¿qué rehuye tanto como la sociedad?, ¿qué persigue tanto como las manos libres? En todas partes se puede obrar bien y mal. Sin embargo, si la frase de Bías es verdadera —que la parte peor es la más numerosa—,[4] o lo que dice el Eclesiastés —que entre mil no hay uno bueno—,[5]

b | Rari quippe boni: numero uix sunt totidem, quot

Thebarum portae, uel diuitis ostia Nili,[6]

[Porque los buenos son pocos: apenas son tantos

como las puertas de Tebas o las bocas del fértil Nilo],


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