Los ensayos

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b | Los italianos son grandes impresores de cartas. Poseo, creo yo, cien volúmenes distintos. Las de Aníbal Caro me parecen las mejores.[22] Si todo el papel que alguna vez he emborronado para las damas sobreviviera, cuando la pasión arrastraba de veras mi mano, se hallaría acaso alguna página digna de ser comunicada a la juventud ociosa, seducida por este furor. Siempre escribo mis cartas muy deprisa, y con tanta precipitación que, aunque mi letra sea insoportablemente mala, prefiero escribir con mi propia mano a emplear la de otro, pues no encuentro ninguna que pueda seguirme, y jamás las transcribo. He acostumbrado a los grandes que me conocen a tolerar tachaduras y borrones, y un papel sin pliegue ni margen. Las que más me cuestan son las que valen menos. Si me demoro, es señal de que no estoy metido en ellas. Suelo empezar sin plan; el primer trazo acarrea el segundo. Las cartas de estos tiempos consisten más en ribetes y prefacios que en materia. Así como prefiero componer dos cartas a cerrar y doblar una, y cedo siempre este cometido a cualquier otro, igualmente, cuando la materia está acabada, cedería de buena gana a alguien la tarea de añadir esos largos discursos, ofrecimientos y ruegos que ponemos al final, y deseo que algún nuevo uso nos libre de ellos. Como también de inscribir una retahíla de cualidades y títulos; más de una vez he dejado de escribir, y en particular a gente de la justicia y de la finanza, para no tener un resbalón al mencionarlos. Tantos nuevos cargos, una distribución y ordenación tan difícil de diversos nombres de honor, que, adquiridos a tan alto precio, no pueden ser cambiados ni olvidados sin ofensa.[23] Me parece asimismo antipático cargar el frontispicio y el título de los libros que hacemos imprimir.[24]


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