Los ensayos
Los ensayos Por tanto, ciñámonos al dolor. Les concedo que sea el peor accidente de nuestro ser, y lo hago de buena gana. No hay, en efecto, nadie en el mundo que le tenga más ojeriza que yo, ni que lo rehuya más, pues, hasta el presente, gracias a Dios, no he tenido mucho trato con él. Pero está en nuestras manos, si no anularlo, al menos atenuarlo por medio de la resistencia, y, aun cuando el cuerpo caiga en la turbación, mantener el alma y la razón templadas. Y, si asà no fuera, ¿quién habrÃa atribuido autoridad entre nosotros a la virtud, la valentÃa, la fuerza, la magnanimidad y la resolución? ¿Dónde desempeñarÃan éstas su papel sin dolor al que desafiar? Auida est periculi uirtus[39] [La virtud ansÃa el peligro]. Si no hace falta dormir en el suelo, resistir armado de pies a cabeza el calor del mediodÃa, alimentarse de carne de caballo y de asno, verse cortar en pedazos y arrancar una bala de entre los huesos, soportar que a uno le recosan, cautericen y sonden, ¿de qué modo se adquirirá la superioridad que pretendemos tener sobre el vulgo? Lo que dicen los sabios —que, entre acciones igualmente buenas, es más deseable la que entraña mayor esfuerzo— está muy lejos de eludir el daño y el dolor. c | Non enim hilaritate, nec lasciuia, nec risu, aut ioco comite leuitatis, sed saepe etiam tristes firmitate et constantia sunt beati[40] [Porque no por la alegrÃa, ni por la lascivia, ni por la risa o la burla, compañeras de la frivolidad, sino a menudo también tristes, por la firmeza y la constancia, son felices]. a | Y por esta causa ha sido imposible convencer a nuestros padres de que las conquistas hechas a viva fuerza, al azar de la guerra, no sean superiores a aquellas que se logran con total seguridad merced a negociaciones y manejos: