Los ensayos
Los ensayos Parece que la muerte no había exonerado al primero de la palabra dada,[5] y que el segundo,[6] aun sin morir, estaba exento. Nuestra obligación no puede ir más allá de nuestras fuerzas y nuestros medios.[7] Por tal motivo, dado que efectos y acciones en modo alguno están en nuestro poder, y dado que, si hablamos en serio, sólo la voluntad está en nuestro poder, todas las reglas del deber del hombre necesariamente se fundan y se establecen en ella. Así, el conde de Egmont, al mantener alma y voluntad sujetas a su promesa, por más que no estuviera en sus manos poder cumplirla, estaba sin duda alguna eximido de su deber, aun de haber sobrevivido al conde de Horne. Pero el rey de Inglaterra, que faltó intencionadamente a su palabra, no puede ser excusado por aplazar hasta después de su muerte la ejecución de su deslealtad. Como tampoco aquel albañil de Heródoto que, tras guardar toda la vida lealmente el secreto de los tesoros de su amo, el rey de Egipto, al morir los descubrió a sus hijos.[8]