Los ensayos

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a | La flaqueza que nos afecta, en los ejercicios de Venus, a causa de la frialdad y la desgana, nos afecta asimismo por un deseo demasiado vehemente y por un ardor inmoderado. El frío extremo y el calor extremo cuecen y asan. Dice Aristóteles que los lingotes de plomo se funden y licuan por el frío y por el rigor del invierno igual que por un calor intenso.[6] c | El deseo y la saciedad llenan de dolor la posición que precede y la que sigue al placer. a | Necedad y sabiduría coinciden en un mismo punto de sensibilidad y entereza para sobrellevar los infortunios humanos. Los sabios dominan el mal y mandan sobre él, y los otros lo ignoran. Éstos se mantienen, por así decirlo, más acá de los infortunios; aquéllos, más allá. Tras haber sopesado y examinado perfectamente sus características tras haberlos medido y juzgado tales como son, se alzan por encima gracias a la fuerza de su ánimo vigoroso —los desdeñan y pisotean porque su alma es fuerte y sólida, y los dardos de la fortuna, al dar en ella, forzosamente rebotan y se despuntan, pues topan con un cuerpo en el que no pueden penetrar—.[7] La condición común y mediana de los hombres, que es la de quienes reparan en los males, los sienten y no pueden soportarlos, se sitúa entre ambos extremos. Infancia y decrepitud coinciden en la debilidad del cerebro; avaricia y prodigalidad en un deseo semejante de acarrear y adquirir.


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