Los ensayos
Los ensayos a | A decir verdad, parece que nos sirvamos de nuestras oraciones c | como de una jerigonza y a | como quienes emplean las palabras santas y divinas en brujerÃas y actos mágicos; y que demos por hecho que su resultado depende de la disposición, del sonido, del orden de las palabras o de nuestro gesto. Con el alma llena de concupiscencia, no tocada de arrepentimiento ni de ninguna reciente reconciliación con Dios, le presentamos, en efecto, las palabras que la memoria presta a la lengua, y esperamos obtener la expiación de nuestras faltas.[47] Nada es tan fácil, tan suave y tan favorable como la ley divina: nos llama a sà aun siendo tan falibles y detestables como somos; nos tiende los brazos y acoge en su seno, por más viles que seamos y por más sucios y enfangados que estemos y vayamos a estarlo en el futuro. Pero también, a cambio, hay que mirarla con buenos ojos.[48] Asimismo, debemos recibir el perdón con acción de gracias; y, al menos en el instante en que nos dirigimos a ella, tener el alma disgustada de sus faltas y hostil a las pasiones que nos han empujado a ofenderla. c | Ni los dioses ni la gente de bien, dice Platón, aceptan el don de un malvado.[49]
b | Immunis aram si tetigit manus,
non somptuosa blandior hostia
molliuit auersos Penates,
farre pio et saliente mica.[50]