Los ensayos
Los ensayos a | No puedo aprobar la manera en que fijamos la duración de nuestra vida. Veo que los sabios la acortan mucho en comparación con la opinión común. «¡Cómo!», dijo Catón el Joven a quienes pretendÃan impedir que se quitara la vida, «¿acaso a la edad que ahora tengo se me puede reprochar que abandono demasiado pronto la vida?».[1] Sin embargo, tenÃa sólo cuarenta y ocho años. Esta edad le parecÃa muy madura y avanzada, teniendo en cuenta qué pocos hombres llegan a ella. Y quienes se complacen en que no sé qué curso, que llaman natural, promete algunos años más, podrÃan hacerlo si tuviesen un privilegio que les librara del grandÃsimo número de accidentes a los que estamos todos expuestos por sujeción natural, los cuales pueden interrumpir el curso que se prometen. ¡Qué desvarÃo es esperar morir por la declinación de fuerzas que comporta la extrema vejez, y proponerse tal objetivo para nuestra duración, siendo como es la clase de muerte más rara de todas y la menos habitual! Decimos que es la única natural, como si fuera contranatural que alguien se rompa el cuello por una caÃda, se ahogue en un naufragio, se deje sorprender por la peste o por una pleuresÃa, y como si nuestra condición ordinaria no nos expusiera a todos estos inconvenientes. No nos halaguemos con estas bellas palabras; tal vez debamos llamar natural más bien a lo que es general, común y universal. Morir de vejez es una muerte rara, singular y extraordinaria, y, por tanto, menos natural que las demás. Es la última y extrema manera de morir: cuanto más alejada está de nosotros, tanto menos podemos esperarla. Es el lÃmite más allá del cual no iremos y que la ley de la naturaleza ha prescrito para no ser nunca rebasado; pero es un rarÃsimo privilegio hacernos durar hasta ahÃ. Es una exención que concede por favor particular a uno solo en el espacio de dos o tres siglos, librándole de los obstáculos y las dificultades que ha dispuesto en medio de esta larga carrera.