Los ensayos

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Antígono, que había tomado aprecio por uno de sus soldados, a causa de su virtud y valentía, ordenó a sus médicos que lo trataran de una enfermedad larga e interna que le había atormentado durante mucho tiempo. Tras su curación, se percató de que se aplicaba mucho más fríamente a la tarea, y le preguntó quién le había cambiado y acobardado de esa manera: «Vos mismo, Majestad», le respondió, «al librarme de los males por los que menospreciaba mi vida».[21] Un soldado de Lúculo al que los enemigos desvalijaron les asestó, para tomarse la revancha, un buen golpe. Una vez resarcido de la pérdida, Lúculo, que se formó una buena opinión de él, le encargó una misión peligrosa con las más bellas exhortaciones que se le ocurrieron:

Verbis quae timido quoque possent addere mentem.[22]

[Con palabras que podían infundir ánimo aun al cobarde].

«Encargásela», respondió, «a algún miserable soldado desvalijado»,

quantumuis rusticus: ibit,

ibit eo, quo uis, qui zonam perdidit, inquit;[23]

[aunque rústico, dijo: irá allí donde se

te antoje quien haya perdido la bolsa];


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