Los ensayos

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Scanderberg, príncipe de Epiro, perseguía a uno de sus soldados para darle muerte. Éste, tras intentar aplacarlo recurriendo a toda suerte de humillaciones y súplicas, decidió en último término aguardarlo con la espada empuñada. Tal resolución frenó en seco la furia de su señor, que, al verle tomar una decisión tan honorable, le otorgó su gracia. Podrán interpretar de otra manera este ejemplo quienes no hayan leído nada sobre la prodigiosa fuerza y valentía de este príncipe.[3] El emperador Conrado III había puesto cerco a Güelfo, duque de Baviera, y, pese a las viles y cobardes compensaciones que se le ofrecieron, no quiso transigir a otras condiciones más suaves que permitir la salida de las mujeres que permanecían asediadas junto al duque, con el honor salvo, a pie y llevando encima lo que pudieran. A éstas se les ocurrió, con magnánimo corazón, cargar a hombros a maridos e hijos, y al duque mismo. El emperador, muy complacido al ver la nobleza de su ánimo, lloró de satisfacción y mitigó la violencia de la enemistad mortal y suprema que había profesado contra el duque; y a partir de entonces los trató humanamente, a él y a los suyos.[4]





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