Los ensayos
Los ensayos Mi oficio y mi arte es vivir. Quien me prohÃba hablar de ello de acuerdo con mi juicio, experiencia y práctica, que ordene al arquitecto hablar de los edificios no según su criterio sino según el de su vecino, según la ciencia ajena, no según la suya. Si hacer públicas las cualidades propias es gloriarse de sà mismo, ¿no expone Cicerón la elocuencia de Hortensio y Hortensio la de Cicerón?[35] Acaso pretendan que ofrezca como prueba obras y acciones, no meras palabras. Describo sobre todo mis pensamientos, objeto informe, que no puede convertirse en producción efectiva. A duras penas puedo inscribirlo en el cuerpo aéreo de la voz. Hombres más sabios y más devotos que yo han vivido rehuyendo todas las acciones aparentes. Las acciones dirÃan más sobre la fortuna que sobre mÃ. Dan testimonio de su papel, no del mÃo, salvo de manera conjetural e incierta —muestras de un aspecto particular—. Yo me exhibo entero. Esto es un skeletos [una anatomÃa] en el cual aparecen, en una sola visión, venas, músculos, tendones, cada pieza en su sitio. El acto de toser mostraba una parte; el acto de la palidez o del latido del corazón, otra, y de forma dudosa. No escribo mis acciones, me escribo yo, mi esencia. Creo que hay que ser prudente al valorarse, y no menos escrupuloso al dar testimonio de uno mismo, sea bajo o alto, indistintamente. Si me tuviera por bueno y sabio del todo,[36] lo proclamarÃa a voz en grito. Decir de uno mismo menos de lo que hay es necedad, no modestia. Contentarse con menos de lo que se merece es cobardÃa y pusilanimidad, según Aristóteles.[37] Ninguna virtud se ayuda de la falsedad; y la verdad jamás es materia de error. Decir de uno mismo más de lo que hay, no siempre es presunción, a menudo es también necedad.[38] Complacerse con desmesura en lo que uno es, caer en un insensato amor de sà mismo, es a mi juicio la sustancia de este vicio. El remedio supremo para curarlo es hacer todo lo contrario de lo que prescriben éstos, que, al prohibir hablar de uno mismo, prohÃben por consiguiente, todavÃa más, pensar en uno mismo. El orgullo reside en el pensamiento. La lengua no puede participar de él sino muy levemente. Les parece que ocuparse de uno mismo es complacerse en uno mismo; que frecuentarse y tratarse es apreciarse en demasÃa.[39] Pero tal exceso sólo surge en quienes no se exploran sino de forma superficial, en quienes se observan una vez realizados sus quehaceres, en quienes llaman divagación y ociosidad a ocuparse de sà mismo; y, a enriquecerse y formarse, hacer castillos en el aire,[40] considerándose cosa tercera y ajena a sà mismos.