Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes A la mañana siguiente, un fuerte dolor de cabeza le impidió a Marilla acompañar a Ana a la escuela dominical.
- Tienes que ir y preguntar por la señora Lynde – le dijo –. Ella se ocupará de ponerte en el grado que te corresponda. Ahora, decídete a portarte convenientemente. Luego pídele a la señora Lynde que te indique nuestro banco. Aquí tienes una moneda para la colecta.
No mires a todos lados y no molestes. Espero que me cuentes el sermón cuando regreses.
Ana se puso en marcha intachablemente, engalanada con el vestido de raso blanco y negro, el cual, decente en lo que se refería a su largo, y sin merecer el apelativo de mezquino, contribuía a acentuar cada uno de los ángulos de su delgado cuerpecillo. Llevaba un sombrero de marinero nuevo, plano y brillante, cuya extrema chatura había igualmente desilusionado a Ana, que se había permitido soñar con cintas y flores. Sin embargo, puso unas cuantas de estas últimas antes de llegar al camino principal; habiéndose encontrado a mitad de la senda que bajaba al camino con un dorado brote de narcisos agitados por el viento y de rosas silvestres. Ana prontamente engalanó su sombrero con una abundante guirnalda.
No importa lo que pensaran los demás del resultado, éste la satisfacía y bajó alegremente el camino irguiendo orgullosamente su roja cabeza decorada de rosa y amarillo.