Ana de las Tejas Verdes

- Oh, Marilla, es un broche perfectamente elegante. No sé cómo puede usted prestar atención al sermón o a las oraciones llevándolo puesto. Yo no podría; lo sé. Pienso que las amatistas son simplemente maravillosas. Son como yo imaginaba que eran los diamantes. Hace mucho, antes de que viera uno, leí algo sobre los diamantes y traté de imaginarme cómo serían. Pensé que serían rutilantes piedras color púrpura. Cuando vi un diamante real en el anillo de una señora me sentí tan desilusionada que lloré. Por supuesto, era muy hermoso, pero no era mi idea de un diamante. ¿Me deja tener el broche un minuto, Marilla? ¿No cree que las amatistas pueden ser las almas de las violetas buenas?.

CAPÍTULO CATORCE

La confesión de Ana

El lunes por la noche, ya en la semana de la excursión, Marilla bajó de su habitación con cara preocupada.

- Ana – dijo al pequeño personaje que pelaba guisantes sobre la inmaculada mesa, al tiempo que cantaba “Nelly en la cañada de los avellanos” con un vigor y una expresión que daban crédito de las enseñanzas de Diana –. ¿Has visto mi broche de amatista? Me parece que lo dejé en el alfiletero ayer tarde cuando regresé de la iglesia, pero no lo puedo encontrar por ninguna parte.

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