Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - No niego que hay algo de verdad en lo que dice, Rachel. Yo misma he tenido algunos escrúpulos de conciencia. Pero Matthew estaba firmemente decidido; de manera que cedí. Es tan raro que Matthew se empecine en algo, que cuando lo hace, siempre siento que es mi deber ceder. Y en lo que se refiere al riesgo, lo hay en casi todo lo que uno hace en este mundo. Hay riesgos en los niños propios si llega el caso; no siempre resultan buenos. Y además, Nueva Escocia está cerca de la isla. No es como si viniera de Inglaterra o de los Estados Unidos. No puede ser muy distinto de nosotros.
- Bueno, espero que resulte bueno – dijo la señora Rachel, con un tono que indicaba claramente sus dudas -. Pero no diga que no la previne si quema “Tejas Verdes” o echa estricnina en el pozo; supe de un caso en Nueva Brunswick, donde uno del orfanato hizo eso, y toda la familia murió presa de horribles sufrimientos. Sólo que en ese caso era una niña.
- Bueno, no tendremos una niña – dijo Marilla, como si el envenenar los pozos fuera una tarea femenina y no hubiera nada que temer a ese respecto en el caso de un muchacho –.
Ni soñaría en traer una niña para criarla. Me sorprende que la señora de Alexander Spencer lo haga. Por ella no dudaría en adoptar todo el orfanato si se lo propusiera.