Ana de las Tejas Verdes

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- El tren de las cinco y treinta ha llegado y ha partido hace media hora – contestó el rudo funcionario –. Pero ha dejado un pasajero; una niña. Está sentada allí en las vigas. Le pedí que fuera a la sala de espera para damas, pero me informó gravemente que prefería quedarse afuera. “Hay más campo para la imaginación”, dijo. Yo diría que es un caso.

- No estoy esperando a una niña – dijo Matthew inexpresivamente –. He venido por un muchacho. Debía estar aquí. La señora de Alexander Spencer debía traérmelo de Nueva Escocia.

El jefe de estación lanzó un silbido.

- Sospecho que hay algún error – dijo –. La señora Spencer bajó del tren con esa muchacha y la dejó a mi cargo. Dijo que usted y su hermana la iban a acoger y que usted llegaría a su debido tiempo a buscarla. Eso es cuanto sé a ese respecto; y no tengo más huérfanos ocultos por aquí.

- No comprendo – dijo Matthew desvalidamente, deseando que Marilla estuviese a mano para hacerse cargo de la situación.

- Bueno, mejor pregunte a la muchacha – dijo descuidadamente el jefe de estación –. Me atrevería a decir que podrá explicarlo; tiene su propio idioma, eso es cierto. Quizá se les habían acabado los muchachos de la clase que ustedes querían.


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