Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- En fin, supongo que debo terminar la lección. No me permitiré abrir el libro que Jane me ha prestado hasta que haya terminado. Pero es una tentación terrible, Matthew; aunque le dé la espalda, puedo imaginarlo como si lo viera. Jane dice que la hizo llorar terriblemente. Me encantan los libros que hacen llorar. Pero me parece que voy a encerrar ese libro en la vitrina de la sala de estar y le voy a dar la llave a usted. No se le ocurra dármela, Matthew, hasta que termine la lección, ni aunque se lo implore de rodillas. Está muy bien eso de decir que hay que vencer la tentación, pero es mucho más fácil si no se tiene la llave. ¿Puedo bajar al sótano a buscar manzanas? ¿No querría usted algunas, Matthew?.

- Bueno, no sé – dijo Matthew, que nunca las comía, pero conocía la debilidad de Ana por ellas.

Cuando Ana volvía triunfante del sótano con su fuente llena de manzanas, oyeron el ruido de rápidos pasos en el exterior y un momento después se abría la puerta de la cocina y entraba Diana Barry, pálida y sin respiración, con la cabeza envuelta en una bufanda. Ana, ante la sorpresa, dejó caer la fuente y la vela, y fuente, vela y manzanas fueron a parar al fondo del sótano, donde los encontró Marilla al día siguiente, quien los recogió, dando gracias a Dios de que la casa no se hubiera incendiado.


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