Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes ¿sabe?, la gente del asilo. ¡Pero hay tan poco campo para la imaginación en un asilo!...; sólo están los demás asilados. Era algo muy interesante imaginar cosas respecto a ellos; imaginar que la niña que estaba a mi lado era en verdad la hija de un conde, robada a sus padres en la infancia por una niñera cruel, que muriera antes de poder confesar. Y
acostumbraba a estar despierta por las noches, imaginando cosas asÃ, porque no tenÃa miedo durante el dÃa. Sospecho que es por eso que estoy tan delgada; soy horriblemente flaca, ¿no es asÃ? No hay carne en mis huesos. Me gusta imaginarme que soy bonita y gorda, con hoyuelos en los codos.
Con esas palabras, la compañera de Matthew cesó su charla, en parte porque se le habÃa acabado la respiración y en parte porque habÃan llegado a la calesa. No dijo otra palabra hasta que hubieron dejado el pueblo y bajaban una colina empinada, en la que el camino habÃa sido trazado tan profundamente, que los terraplenes, cubiertos de cerezos silvestres en flor y abedules, se alzaban muy arriba sobre sus cabezas.
La niña sacó la mano y rompió una rama de ciruelo silvestre que rozaba el costado del carricoche.
- ¿No es hermoso? ¿En qué le hace pensar ese árbol que sobresale blanco y lleno de flores? – preguntó.
- Bueno... no sé... – dijo Matthew.