Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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collar de perlas alrededor de su terso y blanco cuello y con claveles dobles en el cabello (corría el rumor de que el maestro había ido hasta la ciudad para traérselos), “subió la resbaladiza escalera, oscura, sin un rayo de luz”, Ana tembló con exuberante simpatía; cuando el coro cantó “Más allá de las gentiles margaritas”, Ana miró fijamente al cielo como si allí hubiera habido pintados ángeles. Cuando Sam Sloane procedió a explicar e ilustrar “Cómo Sockery preparó una gallina”, Ana rió antes de que también lo hicieran las personas que estaban sentadas cerca de ella, más por simpatía hacia la niña que por lo que les divertía una selección que resultaba vieja incluso para Avonlea; y cuando el señor Phillips recitó la oración de Marco Antonio sobre el cadáver de César en los tonos más patéticos (mirando a Prissy Andrews al terminar cada frase), Ana sintió que podría amotinarse con sólo encontrar un ciudadano romano que llevara la delantera.

Sólo hubo un número en el programa que no le interesó. Cuando Gilbert Blythe recitó

“Bingen en el Rin” Ana cogió el libro de Rodha Murray y estuvo leyendo hasta que el muchacho terminó y tomó asiento, muy estirado e inmóvil, mientras Diana aplaudía hasta que las manos le escocieron.


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