Ana de las Tejas Verdes

Ana marchó. Es decir, cruzó a tropezones el puente y se internó temblando en el oscuro sendero. Ana jamás olvidó aquel paseo. Se arrepintió amargamente de la licencia que diera a su imaginación. Los trasgos de su fantasía bailaban en cada sombra, extendiendo sus manos frías y descarnadas, para coger a la aterrorizada niña que le diera vida. Un trozo blanco de corteza que el viento levantó le hizo detener el corazón. El sonido de dos ramas que se rozaban la hizo sudar. El ruido de los murciélagos sobre su cabeza era como las alas de infernales criaturas. Cuando llegó al campo de William Bell corrió como si la persiguiera un ejército de fantasmas y llegó a la puerta de la cocina de los Barry tan agitada que casi no pudo pedir el patrón de los delantales. Diana no estaba en casa, de manera que no tuvo excusa para quedarse. Había que afrontar el horrible viaje de regreso. Ana lo hizo con los ojos cerrados, prefiriendo el riesgo de romperse la cabeza contra una rama a ver una cosa blanca. Cuando llegó dando tumbos al puente de troncos, lanzó un largo suspiro de alivio.

- Bueno, ¿te cogió alguna cosa? – dijo Marilla.

- Oh, Mar... Marilla – tartamudeó Ana –. Me contentaré c-con c-ccosas v-v-ulgares de ahora en a-a-adelante.

CAPÍTULO VEINTIUNO

Un nuevo estilo de condimentar

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