Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - ¡Dios misericordioso! – exclamó sorprendida –, ¿has estado durmiendo, Ana?.
- No – fue la ahogada respuesta.
- ¿Estás enferma, entonces? – inquirió Marilla con ansiedad dirigiéndose hacia el lecho.
- No. Pero, por favor, Marilla, váyase y no me mire. Me encuentro sepultada en los abismos de la desesperación y ya no me importa quién sea el primero de la clase o escriba la mejor redacción o cante en el coro de la escuela dominical. Esas menudencias no tienen importancia ahora porque supongo que ya no seré capaz de ir a ningún lado otra vez. Mi carrera ha terminado. Por favor, Marilla, váyase y no me mire.
- ¿Ha oÃdo alguien alguna vez algo como esto? – quiso saber la desconcertada Marilla –.
Ana Shirley, ¿qué es lo que te ocurre?, ¿qué has hecho? Levántate ahora mismo y dÃmelo. Ahora mismo he dicho. Bueno, ¿qué es lo que pasa?.
Ana se habÃa deslizado al suelo con desesperada obediencia.
- Mire mi cabello, Marilla – murmuró.
Marilla alzó la vela y observó escrutadoramente el cabello de Ana, que le caÃa sobre la espalda en pesados mechones. Ciertamente tenÃa una apariencia muy extraña.