Ana de las Tejas Verdes

- Somos ricas – dijo Ana firmemente –. Tenemos dieciséis años, somos felices como reinas y, más o menos, todas tenemos sueños. Mirad el mar, todo de plata y sombras y ensueños de cosas no vistas. No podríamos gozar más de su hermosura por el hecho de que tuviéramos millones de dólares y diamantes. Aunque pudieras, sé que no te cambiarías por ninguna de esas mujeres. ¿Te gustaría ser esa joven del vestido de encaje blanco y parecer siempre descontenta como si hubieras nacido de espaldas a las bellezas del mundo? ¿O la dama de seda rosa, amable y gentil como es, pero tan robusta y baja que no tiene figura? ¿O la señora Evans, con esa triste mirada en los ojos? Debe haber sido muy desgraciada alguna vez para tener esa mirada. ¡Sabes que no lo harías, Jane Andrews!.

- Oh, no sé, exactamente – dijo Jane dudando –. Pienso que los diamantes serían un gran consuelo para cualquier persona.

- Bueno, yo por mi parte no quiero ser más que yo misma, aunque nunca tenga el consuelo de los diamantes – declaró Ana –. Me siento perfectamente feliz siendo Ana de las

“Tejas Verdes” con mi collarcito de perlas. Sé que Matthew me lo regaló con más cariño del que nunca ha conocido la señora vestida de rosa.

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

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