Ana de las Tejas Verdes

Imagínate, más que a cien muchachos. Bueno, creo que no fue un muchacho quien ganó la beca Avery, ¿no es así? Fue una niña, mi niña, mi niña de quien estoy orgulloso.

Y le sonrió con su tímida sonrisa mientras entraba al prado. Ana llevó el recuerdo de esa sonrisa cuando se fue a su cuarto aquella noche y se sentó durante largo rato frente a la ventana abierta, pensando en el pasado y soñando con el futuro. Fuera, La Reina de las Nieves estaba blanca a la luz de la luna y las ranas croaban en el pantano, tras “La Cuesta del Huerto”. Ana siempre recordó la belleza plateada y pacífica y la fragante calma de aquella noche. Fue la última antes de que el dolor llegara a su vida, y nadie ha vuelto a ser igual cuando ha sentido sobre sí ese toque frío y santificante.

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

La muerte siega una vida

- ¡Matthew! ¡Matthew! ¿Qué ocurre? ¿Estás enfermo?.

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