Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Diana me hace señas de que vaya – dijo Ana –. Ya sabe que seguimos la vieja costumbre. Perdóneme si voy a ver qué desea.

Ana descendió como un ciervo por la cuesta de los tréboles y desapareció entre las sombras del Bosque Embrujado. La señora Lynde la contempló indulgente.

- Todavía tiene mucho de niña.

- Pero también hay mucho de mujer – respondió Marilla, con un momentáneo retorno a su vieja hosquedad.

Pero la hosquedad ya no era el carácter distintivo de Marilla. La señora Lynde le dijo a Thomas esa noche:

- Marilla Cuthbert se ha vuelto melosa. Eso es.

Ana fue la tarde siguiente al pequeño cementerio de Avonlea, a poner flores frescas en la tumba de Matthew y regar la rosa de Escocia. Se quedó allí hasta el anochecer, gozando de la paz y tranquilidad del lugar; el murmullo de los álamos era cual una suave y gentil conversación con la hierba que crecía libremente entre las tumbas. Cuando partió por fin y bajó la larga colina que moría en el Lago de las Aguas Refulgentes, ya hacía tiempo que había caído el sol y toda Avonlea estaba ante ella, iluminada por la mortecina luz, “el fantasma de una antigua paz”. En el aire había una frescura como si el viento hubiera soplado sobre los dulces campos de tréboles. Las luces de las casas parpadeaban aquí y allá entre los árboles.


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