Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes De haberse tratado de otro hombre de Avonlea, la señora Rachel, atando cabos diestramente, podría haber contestado ambas preguntas con bastante acierto. Pero Matthew salía tan raramente del lugar, que debía ser algo apremiante y poco común lo que le llevaba; era el hombre más tímido de la creación y odiaba tener que ir donde hubiera extraños o tuviera que hablar. Matthew, con cuello blanco y en calesa, era algo que no se veía a menudo. La señora Rachel, por más que reflexionaba, nada pudo sacar en limpio, lo que malogró su diversión de aquella tarde.
- Iré hasta “Tejas Verdes” después del té y sabré por Marilla adónde ha ido y por qué –
decidió por fin la respetable señora –. Normalmente no va al pueblo en esta época del año; y nunca hace visitas: si se hubiera quedado sin semillas de nabo, no se habría vestido, no cogido la calesa para ir a buscar más; no demostraba prisas como para ir a buscar al médico. Y sin embargo, algo debe haberle pasado desde ayer noche para hacerle partir así. Estoy completamente perpleja, eso es, y no tendré un minuto de paz hasta que no sepa qué ha sacado de Avonlea a Matthew Cuthbert.
