Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Me parece bien que no lo hubiera – dijo secamente Marilla –, no me gustan esas cosas.

Pienso que crees mucho en tu imaginación. Te hará bien tener una amiga real para terminar con todas esas tonterías. Pero no dejes que la señora Barry te oiga hablar sobre tu Katie Maurice o tu Violeta, o creerá que andas contando cuentos.

- No lo haré. No podría hablar de ellas con cualquiera; su recuerdo es sagrado. Pero me pareció que debía decírselo a usted. Oh, mire esa gran abeja que ha salido de un capullo.

¡Qué hermoso lugar para vivir es un capullo! Debe ser lindo dormir allí cuando lo acuna el viento. Si no fuera un ser humano, me gustaría ser una abeja y vivir entre flores.

- Ayer querías ser una gaviota – gruñó Marilla –. Sospecho que eres inconstante. Te dije que aprendieras la plegaria y que no hablaras. Pero parece que es imposible que dejes de hablar si tienes alguien que te escuche. De manera que sube a tu habitación a estudiarla.

- Oh, ya la sé casi toda, menos la última línea.

- No importa, haz lo que te digo. Ve a tu habitación, termina de aprenderla bien y quédate allí hasta que te llame para que me ayudes a preparar el té.

- ¿Puedo llevarme las flores para que me acompañen? – rogó Ana.


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