Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Es imposible que vuelva hasta que el señor Gregor no decida marcharse, y por lo general, es el último en hacerlo —la tranquilizó Ana—. ¿No quiere que la acueste, señora Gibson? Está cansada… Sé que una se pone nerviosa cuando tiene a una desconocida al lado, en lugar de la persona a la que está acostumbrada.
Las arrugas alrededor de la boca de la señora Gibson se profundizaron en un gesto de obstinación.
—No voy a acostarme hasta que esa chica llegue a casa. Pero si está tan ansiosa por irse, váyase. Puedo quedarme sola… o morir sola.
A las nueve de la noche, la señora Gibson llegó a la conclusión de que Jim Gregor no volverÃa hasta el lunes.
—Nunca se pudo contar con que Jim Gregor no cambiara de idea en veinticuatro horas. Además, le parece mal viajar en domingo, aunque se trate de volver a su casa. Está en la junta de su escuela, ¿no es as� ¿Qué piensa de él y de sus opiniones sobre la educación?
Ana cedió a la picardÃa. Después de todo, ese dÃa habÃa soportado mucho, gracias a la señora Gibson.
—Pienso que es un anacronismo psicológico —declaró, muy seria. La señora Gibson no parpadeó.
—Estoy de acuerdo con usted —dijo.
Pero después de eso, fingió quedarse dormida.