Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—No dudo de que tuvo buenas intenciones —dijo la señora Raymond en voz trémula.

—Gracias —dijo Ana con voz gélida, tratando de liberarse de los brazos de los mellizos.

—Ay, no nos peleemos —suplicó la señora Raymond con ojos llenos de lágrimas—. No soporto pelearme con nadie.

—Claro que no. —Ana había adoptado un aire de altanera dignidad—. No creo que haya necesidad alguna de pelear. Pienso que Gerald y Geraldine se divirtieron mucho, aunque no creo que ése haya sido el caso de la pequeña Ivy Trent.

Ana regresó a su casa sintiéndose años más vieja.

«Pensar que Davy me parecía travieso», reflexionó.

EncontrĂł a Rebecca Dew en el jardĂ­n, recogiendo flores tardĂ­as.

—Rebecca Dew, solía pensar que el dicho «A los niños hay que verlos y no oírlos» era demasiado severo. Pero ahora comprendo su lógica.

—Mi pobre criatura… Le prepararé una buena cena —dijo Rebecca Dew.

Y no añadió: «Se lo advertí».


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