Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Jarvis Morrow volvió caminando con Ana de una reunión en la escuela, y le contó sus problemas.
—Tendrás que escaparte con ella, Jarvis. Todo el mundo lo dice. En general, no apruebo los casamientos clandestinos, pero hay excepciones a todas las reglas.
«Lo dije como una maestra con cuarenta años de experiencia», pensó Ana, disimulando una sonrisa.
—Se necesitan dos para llegar a un acuerdo, Ana. No puedo escapar solo. Dovie le tiene tanto miedo a su padre, que no puedo lograr que me dé su consentimiento. Y no serÃa un casamiento clandestino. TendrÃa que venir hasta casa de mi hermana Julia, la señora Stevens, sabes, alguna noche. Yo ya tendrÃa al ministro allÃ, y podrÃamos casarnos en forma respetable para que todos queden contentos, e irnos de luna de miel a casa de mi tÃa Bertha, en Kingsport. Es tan sencillo como eso. Pero no puedo hacer que Dovie se atreva. La pobrecilla ha sido vÃctima de los caprichos de su padre durante tanto tiempo, que ya no tiene fuerza de voluntad.
—Pues tendrás que obligarla a hacerlo, Jarvis.
—Santo Cielo, ¿crees que no lo he intentado, Ana? Se lo he suplicado hasta quedar ronco. Cuando está conmigo, casi llega a prometérmelo, pero en cuanto vuelve a su casa, me manda decir que no puede. Parece extraño, Ana, pero la pobrecilla quiere realmente al padre y no soporta la idea de que él no vaya a perdonarla.