Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Recuerde siempre —le dijo con solemnidad— que hay más de una forma de pelar un gato. Se puede hacer de manera tal que el animal nunca sepa que ha perdido el cuero. Déle mis saludos a Rebecca Dew. Una gata muy buena, si no se la acaricia a contrapelo. Y Gracias… gracias.
Ana volvió a casa, disfrutando de la noche serena. La niebla se habÃa levantado, el viento habÃa cambiado y el cielo verde pálido presagiaba la escarcha.
«Todos decÃan que no conocÃa a Franklin Westcott», reflexionó Ana. «Y tenÃan razón. No lo conocÃa. Nadie lo conocÃa».
—¿Y cómo lo tomó? —quiso saber Rebecca Dew. HabÃa estado nerviosa durante la ausencia de Ana.
—No tan mal, después de todo —respondió Ana en tono confidencial—. Creo que con el tiempo perdonará a Dovie.
—Nunca he visto a nadie como usted para convencer a la gente, señorita Shirley —afirmó Rebecca Dew, admirada—. Usted sà que sabe ser persuasiva.
—«Algo intentado, algo logrado, una noche de reposo se ha ganado» —recitó Ana, cansada, mientras trepaba los tres escalones hasta su cama—. ¡Pero ya verán cuando alguien vuelva a pedirme mi opinión sobre las fugas y los casamientos clandestinos!