Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Esa vieja chismosa de Rachel Lynde estuvo hoy otra vez aquí importunándome para que contribuyera para comprar una alfombra nueva para la sacristía —dijo el señor Harrison airadamente—. Es la mujer que más detesto de todas las que conozco. Puede condensar en sus palabras todo un sermón, texto, comentario y aplicación, y arrojarlo como un ladrillo.
Ana, que estaba sentada sobre el borde de la galería disfrutando del encanto del suave viento del oeste que soplaba a través del campo recién arado, en el gris atardecer de noviembre, silbando una exquisita melodía entre los enroscados abetos detrás del jardín, volvió su rostro soñador.
—La dificultad está en que usted y la señora Lynde no se entienden —explicó—. Ése es el error de siempre cuando dos personas no se gustan. A mí tampoco me gustó la señora Lynde al principio; pero en cuanto comencé a comprenderla, aprendí.
—La señora Lynde puede ser del gusto de algunas gentes, pero yo no iba a seguir comiendo bananas porque me dijeran que iba a aprender a que me gustaran si lo hacía —gruñó el señor Harrison—. Y en cuanto a comprenderla, entiendo que es una entrometida consumada, y así se lo dije.
