Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea »Siempre me encuentro con los Mellizos en las Rocas Rayadas. El más joven es de muy buen genio, pero el mayor puede ser terriblemente feroz a veces. Tengo mis sospechas sobre él. Creo que sería pirata si se atreviera. Hay en él algo realmente misterioso. Una vez juró, y yo le dije que si volvía a hacerlo podía evitarse venir a la playa a hablar conmigo, pues le había prometido a abuelita que nunca andaría con alguien que jurara. Puedo asegurarle que se asustó bastante, y dijo que si lo perdonaba me llevaría hasta la puesta del sol. De manera que al día siguiente, al atardecer, cuando me encontraba sentado en las Rocas Rayadas, el mayor de los Mellizos vino navegando por el mar en un bote encantado y yo subí a él. El bote era de perla y arco iris, como la parte de adentro de las conchas de los mejillones, y su vela como claro de luna. Bueno, navegamos justo rumbo a la puesta del sol. Piense, señorita, he estado en el ocaso.
»El ocaso es una tierra llena de flores, como un gran jardín, y las nubes son canteros. Entramos a un gran puerto color oro y bajamos del barco directamente sobre una gran pradera cubierta de ranúnculos tan grandes como rosas. Me quedé allí muchísimo rato. Parecía casi un año, pero el Mellizo mayor dijo que fueron unos minutos. Como ve, en la tierra del ocaso, el tiempo es más largo que aquí.
»Su alumno que la quiere,