Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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CAPÍTULO DOCE Un día tempestuoso

En realidad todo comenzó la noche antes con una interminable vigilia por culpa de un dolor de muelas. Cuando Ana se levantó en la oscura y amarga mañana de invierno, la vida se le presentaba amarga e indigna de vivirse.

Fue a la escuela en un estado de ánimo no muy angelical. El aula estaba fría y llena de humo, pues el fuego se negaba a arder, y los niños se reunían en grupos, temblando de frío. Ana los mandó sentar en un tono más seco que de costumbre. Anthony Pye fue a su pupitre con su acostumbrado aire impertinente y ella le vio murmurarle algo a su compañero y luego echarle una mirada con mal gesto.

A Ana le parecía que nunca hasta entonces habían chirriado tanto los lápices; Barbara Shaw se acercó al pupitre con una suma y tropezó con el cubo del carbón, con resultados desastrosos. El carbón se esparció por toda la habitación, la pizarra se rompió en pedazos y cuando se levantó, su cara, cubierta de polvillo de carbón, hizo reír enormemente a los muchachos.

Ana alzó los ojos de su libro de lectura.

—Realmente, Barbara —dijo con frialdad—, si no puedes moverte sin caer sobre algo, será mejor que te quedes en tu asiento. Es una verdadera desgracia para una niña de tu edad ser tan torpe.


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