Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Un viernes por la tarde, Ana, al regresar desde la oficina de correos a casa, fue interceptada por la señora Lynde, quien, como de costumbre, se hallaba muy atareada con todos los chismes.
—Acabo de estar en lo de Timothy Cortón, a ver si me puede prestar a Alice Louise por unos pocos días para que me ayude —dijo—. La tuve la semana pasada, pues, aunque es muy lenta, es mejor que nada. Pero está enferma y no puede venir. Timothy estaba allí sentado, tosiendo y quejándose. Se ha estado muriendo durante diez años y estará así otros diez más. Los de su clase no terminan nada nunca, ni siquiera el morirse. Son una familia sin voluntad y sólo Dios sabe qué será de ellos.
La señora Lynde suspiró como si dudara del conocimiento celestial sobre tales gentes.
—Marilla fue otra vez el martes al oculista, ¿no es así? ¿Qué piensa el especialista?
—Está muy contento —dijo Ana alegremente—. Dice que sus ojos han mejorado y que cree que el peligro de la pérdida completa ha pasado. Pero cree que ya no podrá leer mucho ni volver a hacer trabajos finos de costura. ¿Cómo van sus preparativos para el bazar?
La Sociedad de Damas de Ayuda estaba preparando una feria y cena, y la señora Lynde se hallaba al frente de la empresa.
