Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana miraba la puerta de la escuela en un dorado y tranquilo atardecer, cuando los vientos silbaban entre los abedules alrededor del patio y las sombras eran largas y perezosas junto a los bosques. Arrojó la llave al fondo de su bolsillo con un suspiro de satisfacción. El año escolar había concluido; la habían nombrado maestra para el curso del próximo año con expresiones satisfactorias. Sólo el señor Harmon Andrews le dijo que debía usar la correa más a menudo… y tenía ante sí dos meses de deliciosas y anheladas vacaciones. Ana se sentía en paz con el mundo y consigo misma mientras bajaba la colina con su cesta llena de flores en la mano. Desde que brotaron las primeras flores de mayo, Ana nunca había dejado de hacer su visita semanal a la tumba de Matthew. Toda la gente de Avonlea, excepto Marilla, había olvidado al tranquilo, tímido y poco importante Matthew Cuthbert, pero su memoria permanecía viva en el corazón de Ana. Nunca olvidaría al buen anciano que había sido el primero en brindar amor y simpatía a su hambrienta niñez. Al pie de la colina se hallaba un niño sentado en una valla a la sombra de los abetos, un niño de grandes ojos soñadores y hermoso y sensible rostro. Bajó sonriente a reunirse con Ana, pero había rastros de lágrimas en sus mejillas.
