Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ana —dijo Davy con tono de ruego, mientras subĂa al sofá forrado en cuero, donde Ana estaba sentada, leyendo una carta—. Ana, tengo un hambre terrible. No tienes idea.
—Te traerĂ© un trozo de pan con mantequilla —respondiĂł Ana, ausente. Evidentemente, la carta contenĂa algunas noticias excitantes, pues sus mejillas estaban tan sonrosadas como las rosas del seto y sus ojos brillaban como nunca.
—Pero no tengo hambre de pan con mantequilla —respondió Davy con tono que sonaba a disgustado—. Tengo hambre de torta de ciruelas.
—Oh —rió Ana, dejando su carta y dándole un abrazo al niño—. Ésa es una clase de hambre que puede soportarse con toda facilidad, Davy. Ya sabes que una de las reglas de Marilla es que no puedes comer otra cosa que pan con mantequilla entre comidas.
—Bueno, dame un pedazo… por favor.
Davy habĂa por fin aprendido a decir «por favor», pero siempre lo añadĂa como un eco. MirĂł con aprobaciĂłn el generoso trozo que le trajera Ana.
—Siempre le pones una buena ración de mantequilla, Ana. Marilla la pone bastante delgada. Entra mejor con mucha mantequilla.
