Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana se despertó tres veces durante la noche y caminó hacia la ventana para estar segura de que la predicción del tío Abe no iba a cumplirse. Finalmente, la mañana apareció perlada y lustrosa, con un cielo azul lleno de un plateado resplandor, y el maravilloso día llegó. Diana apareció poco después del desayuno con una cesta de flores que le colgaba de un brazo y su vestido de muselina del otro, pues no se lo pondría hasta que hubiera terminado los preparativos de la comida. Mientras tanto, durante la tarde, usó su vestido rosa estampado y un delantal de linón con un montón de maravillosos volantes y fruncidos. Y estaba muy pulcra, bonita y sonrosada.
—Estás simplemente adorable —dijo Ana admirada. Diana suspiró.
—Pero he tenido que agrandar otra vez todos mis vestidos. Peso casi dos kilos más que en julio pasado, Ana. ¿Dónde terminará todo esto? Las heroínas de la señora Morgan son siempre altas y esbeltas.
