Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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CAPÍTULO DIECIOCHO Una aventura en el camino «Tory»

—Ana —dijo Davy, mientras se sentaba en la cama y apoyaba la barbilla entre las manos—. Ana, ¿dónde va el sueño? La gente va a «dormir» cada noche y desde luego que sé que ése es el lugar donde yo hago las cosas que sueño, pero quiero saber dónde y cómo voy y vuelvo de allí sin saberlo, en camisón. ¿Dónde está?

Ana se hallaba arrodillada frente a la ventana de la buhardilla occidental, observando el cielo del atardecer, que era cual una gran flor con pétalos de azafrán y un centro amarillo brillante. Volvió la cabeza ante la pregunta de Davy y respondió soñadora:

Sobre las montañas de la luna, en lo profundo del valle de las sombras.

Paul Irving hubiera comprendido esto o le hubiera hallado un significado propio; pero el práctico Davy, que, como comentaba a menudo Ana, desesperada, no poseía una partícula de imaginación, resultó perplejo y disgustado.

—Ana, creo que dices tonterías.

—Desde luego que sí, querido. ¿No sabes que sólo los tontos hablan todo el tiempo en serio?

—Bueno, me gustaría que me contestaras en serio cuando te pregunto en serio —dijo Davy, con tono ofendido.


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