Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —DespuĂ©s de todo —le habĂa dicho Ana a Marilla una vez—, creo que los dĂas más hermosos y dulces no son aquĂ©llos en los que ocurren cosas esplĂ©ndidas, maravillosas o excitantes, sino simplemente los que nos traen pequeños placeres sucesiva y suavemente, como perlas que se sueltan de un collar.
La vida en «Tejas Verdes» estaba llena de dĂas asĂ, pues las aventuras y desventuras de Ana, como las de otras personas, no ocurrĂan todas a la vez, sino que se encontraban esparcidas a lo largo del año, con largos intervalos de dĂas felices e inocuos llenos de trabajo, sueños, risas y lecciones. Un dĂa tal llegĂł en el mes de agosto. Por la mañana, Ana y Diana llevaron a los encantadores mellizos por la laguna hasta la arena a buscar «hierbas frescas» y a vagar en la marejada, sobre la que el viento cantaba el mismo canto desde el principio de los siglos.
Por la tarde, Ana fue hasta la vieja casa de los Irving a ver a Paul. Le halló acostado sobre la herbácea ribera junto al espeso bosque de abetos que resguardaba la casa por el norte, absorto en la lectura de un libro de hadas. Cuando la vio, se levantó radiante.
