Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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CAPÍTULO DIECINUEVE Nada más que un día feliz

—Después de todo —le había dicho Ana a Marilla una vez—, creo que los días más hermosos y dulces no son aquéllos en los que ocurren cosas espléndidas, maravillosas o excitantes, sino simplemente los que nos traen pequeños placeres sucesiva y suavemente, como perlas que se sueltan de un collar.

La vida en «Tejas Verdes» estaba llena de días así, pues las aventuras y desventuras de Ana, como las de otras personas, no ocurrían todas a la vez, sino que se encontraban esparcidas a lo largo del año, con largos intervalos de días felices e inocuos llenos de trabajo, sueños, risas y lecciones. Un día tal llegó en el mes de agosto. Por la mañana, Ana y Diana llevaron a los encantadores mellizos por la laguna hasta la arena a buscar «hierbas frescas» y a vagar en la marejada, sobre la que el viento cantaba el mismo canto desde el principio de los siglos.

Por la tarde, Ana fue hasta la vieja casa de los Irving a ver a Paul. Le halló acostado sobre la herbácea ribera junto al espeso bosque de abetos que resguardaba la casa por el norte, absorto en la lectura de un libro de hadas. Cuando la vio, se levantó radiante.


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