Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana se levantó de un salto a la mañana siguiente y saludó al fresco día que iluminaban los rayos del sol a través del cielo perlado. «Tejas Verdes» estaba en un charco de sol, cruzado por las danzarinas sombras del sauce y de los álamos. Al otro lado del sendero, se extendía el trigal del señor Harrison, una sabana de pálido oro agitada por el viento. El mundo era tan hermoso que Ana pasó diez minutos junto a la puerta del jardín contemplándolo.
Después del desayuno, Marilla se preparó para el viaje. Dora debía acompañarla, pues se lo había prometido hacía tiempo.
—Davy, trata de ser bueno y de no molestar a Ana —le dijo—. Si te portas bien te traeré un caramelo.
¡Ay! Marilla había caído en la mala costumbre de sobornar a la gente para que se comportara bien.
—No seré malo a propósito —dijo el niño—. Pero supón que soy malo accidentalmente.
—Debes tener cuidado con los accidentes —le advirtió Marilla—. Ana, si viene el señor Shearer, compra un buen trozo de asado y un buen filete. Si no trae, tendrás que matar un pollo para el almuerzo de mañana.
Ana asintió.
