Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —De modo que tomaste el tĂ© en la casa de piedra con Lavendar Lewis —dijo Marilla a la mañana siguiente—. ÂżCĂłmo es ahora? Hace más de quince años que no la veo. Desde un domingo en la iglesia de Grafton. Supongo que ha cambiado mucho. Davy Keith: cuando quieras algo que no estĂ© a tu alcance, pĂdelo y no te estires sobre la mesa de esa manera. ÂżHas visto hacer eso a Paul Irving cuando viene a comer?
—Pero los brazos de Paul son más largos que los mĂos —gruñó Davy—. Han tenido once años para crecer, y los mĂos nada más que siete. Además, pedĂ, pero tĂş y Ana estabais charlando y no me hicisteis caso. Además, Paul sĂłlo ha venido a tomar el tĂ© y es más fácil ser bien educado en el tĂ© que en el desayuno. Se tiene la mitad de hambre. Además, Ana, esa cucharilla es tan pequeña como el año pasado y yo soy más grande.
—Desde luego, no sĂ© cuál serĂa el aspecto de la señorita Lavendar, pero no creo que haya cambiado mucho —dijo Ana, despuĂ©s de dar a Davy dos cucharadas de miel, doble dosis que de costumbre, para apaciguarle—. Su cabello está como la nieve, pero su cara es fresca y casi infantil y posee unos dulces ojos pardos, un hermoso tono de pardo boscoso con destellos dorados, y su voz hace pensar en el raso blanco, en el agua cristalina y en las campanas de las hadas, todo junto.
