Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Una alegre mañana de junio, quince dĂas despuĂ©s de la tormenta del tĂo Abe, Ana entrĂł lentamente al patio de «Tejas Verdes», procedente del jardĂn, llevando dos ajados tallos de narcisos blancos.
—Mire, Marilla —dijo tristemente, alzando las flores ante los ojos de una ceñuda dama que llevaba el cabello envuelto en una cofia verde y entraba a la casa con un pollo desplumado—: Ă©stos son los Ăşnicos brotes que respetĂł la tormenta… y asĂ y todo son imperfectos. Cuánto lo siento. QuerĂa llevar algunas flores a la tumba de Matthew. ¡Siempre le gustaron tanto las lilas de junio!
—Yo también las extraño —admitió Marilla—, pero no es justo lamentarse por eso cuando han sucedido cosas mucho más terribles. Todas las cosechas están destruidas, igual que la fruta.
—Pero la gente ha sembrado otra vez su avena —dijo Ana alentadoramente—, y el señor Harrison dice que si tenemos un buen verano, aunque tarde, crecerá magnĂficamente. Y mis flores están brotando otra vez, pero nada puede reemplazar las lilas de junio. Tampoco las tendrá la pobre Hester Gray. Anoche fui hasta su jardĂn y no quedaba ninguna. Estoy segura de que las extrañará.
