Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La casa del señor Harrison era un antiguo edificio blanqueado con cal, de aleros bajos, levantado frente a un espeso monte de abetos.
El señor Harrison estaba sentado en la galería bajo la parra, disfrutando de su pipa y del atardecer. Cuando se dio cuenta de quién venía por el sendero, se incorporó rápidamente, se metió en la casa y cerró la puerta. Su reacción fue simplemente el resultado de su desagradable sensación de sorpresa, mezclada con una buena cantidad de vergüenza por su arranque de mal genio del día anterior. Pero esta actitud casi barrió los restos de valor que restaban en el corazón de Ana.
«Si está tan malhumorado ahora, qué será cuando se entere de lo que he hecho», reflexionó miserablemente mientras llamaba a la puerta.
Pero el señor Harrison abrió sonriendo con timidez y la invitó a pasar con tono amable y amistoso, si bien no exento de nerviosismo. Había dejado su pipa y se había puesto la chaqueta; le ofreció amablemente a Ana una silla polvorienta y su acogida podría haber pasado por agradable si no hubiera sido por la charla de una cotorra que estaba espiando a través de los barrotes de una jaula con perversos ojillos dorados. No bien Ana hubo tomado asiento, Ginger exclamó:
