Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La semana en que la señorita Lavendar debía contraer matrimonio llegó. Quince días después, Ana y Gilbert partirían hacia el colegio de Redmond. En el término de una semana la señora Lynde se mudaría a «Tejas Verdes» y se instalaría en el hasta entonces vacío cuarto de huéspedes. Había vendido todas sus pertenencias superfluas en subasta y en aquellos momentos se distraía ayudando a los Alian a empacar. El señor Alian debía pronunciar su sermón de despedida el domingo siguiente. El viejo orden cambiaba rápidamente para dar lugar al nuevo, como pensaba Ana un poco triste, mientras enhebraba toda su excitación y felicidad.
—Los cambios no son totalmente placenteros, pero sí excelentes —dijo el señor Harrison filosóficamente—. Dos años es casi suficiente para que las cosas permanezcan exactamente iguales. Si se quedasen así mucho tiempo, enmohecerían.
El señor Harrison se hallaba fumando en la galería. Su mujer, en un rapto de autosacrificio, le había dicho que podía fumar dentro de la casa, si se sentaba junto a la ventana abierta. A esto respondió el esposo yendo a fumar al aire libre durante el buen tiempo, de manera que reinaba la paz.
