Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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CAPÍTULO CINCO Una maestra de cuerpo entero

Cuando Ana llegó a la escuela esa mañana (por primera vez en su vida había atravesado el Camino de los Abedules sorda y ciega a sus encantos), todo estaba calmo y tranquilo. La maestra que la precediera había acostumbrado a los niños a que estuvieran en su sitio cuando ella llegara y cuando Ana entró al aula se enfrentó con estiradas filas de «resplandecientes caritas mañaneras» y brillantes e inquisidores ojos. Colgó su sombrero y miró a sus alumnos con la esperanza de no parecer tan asustada y tonta como se sentía y de que ellos no advirtieran que estaba temblando.

La noche anterior había estado levantada casi hasta las doce, preparando un discurso sobre el comienzo de las clases. Lo había revisado y corregido concienzudamente y luego aprendido de memoria. Era un discurso muy bueno y expresaba grandes ideas, especialmente la de la ayuda mutua y el diligente esfuerzo por aprender. El único inconveniente estaba en que no podía recordar ni una palabra. Después de lo que le pareció un año (en realidad unos diez segundos) dijo desmayadamente.

—Abran sus Biblias, por favor —y se hundió sin respiración en su silla bajo el crujir de las tapas de los pupitres. Mientras los niños leían sus versículos, Ana ordenó sus vacilantes sentidos y examinó al batallón de pequeños peregrinos que marchaban hacia el País de la Sabiduría.


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