Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Un día de septiembre en la isla del Príncipe Eduardo; un viento refrescante que sopla desde el mar sobre las dunas; un largo camino rojo, que serpentea entre campos y bosques, ora rodeando un grupo de abetos, ora bordeando un plantío de arces jóvenes con grandes helechos bajo ellos, ora hundiéndose en una hondonada donde brilla el arroyuelo que sale y entra de los bosques, ora arrollándose entre cintas de doradas cañas y ásteres azul humo; el aire lleno del chirrido de millares de grillos, esos alegres veraneantes de las colinas; un gordo poni marrón por el camino; dos muchachas tras él, plenas de la simple e impagable alegría de la vida y la juventud.
