Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Un apacible atardecer de octubre, Ana se recostó en su silla y suspiró. Estaba sentada ante una mesa cubierta de libros de texto y ejercicios, pero las hojas de papel apretadamente escritas que se encontraban frente a ella no parecían tener ninguna relación aparente con estudios o deberes.
—¿Qué sucede? —preguntó Gilbert que había llegado a la puerta abierta de la cocina a tiempo para escuchar el suspiro.
Ana se ruborizó y escondió los papeles debajo de unas redacciones de sus alumnos.
—Nada terrible. Sólo trataba de fijar en el papel algunos de mis pensamientos, tal como me lo aconsejara el profesor Hamilton, pero no puedo hacerlo de manera que me satisfagan. Parecen tan torpes y tontos en blanco y negro. Las fantasías son como sombras, vacilantes y danzarinas. Pero si sigo probando, quizá algún día aprenda el secreto. Sabes bien que no dispongo de mucho tiempo. Cuando termino de corregir deberes y redacciones, no siempre tengo ganas de escribir algo mío.
—Te estás desenvolviendo maravillosamente en la escuela, Ana. Todos los chicos te quieren —dijo Gilbert tomando asiento sobre el escalón de piedra.
