Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Para fines de agosto, Ana volvió a ser la de siempre, a la espera de un feliz otoño. La pequeña Bertha Marilla crecÃa en belleza dÃa a dÃa y era el centro de la adoración para sus amantes hermanos y hermanas.
—Yo creÃa que un bebé era algo que chillaba todo el tiempo —dijo Jem, dejando, extasiado, que los deditos minúsculos de la niña se aferraran a uno de los suyos—. Eso me dijo Bertie Shakespeare.
—Yo dudo de que los niños de los Drew chillen todo el tiempo, mi querido Jem —dijo Susan—. Chillarán cuando piensan que están condenados a ser Drew, supongo. Pero Bertha Marilla es una niña de Ingleside, querido Jem.
—Cómo me gustarÃa haber nacido en Ingleside, Susan —dijo Jem, apenado. Siempre habÃa lamentado no haber nacido en la casa. Di lo atormentaba con eso a veces.
—¿No encuentras la vida aquà algo aburrida? —le habÃa preguntado una vez a Ana una excompañera de clase de Queen’s (que ahora vivÃa en Charlottetown), en tono condescendiente.
