Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Gilbert fue dos semanas a cazar a Nueva Escocia (ni siquiera Ana pudo convencerlo de que se tomara un mes), y terminó noviembre en Ingleside. Las colinas oscuras, con los abetos más oscuros formados en fila sobre ellas, se veían tristes en los anocheceres tempranos, pero Ingleside florecía con el fuego del hogar y con risas, aunque los vientos que soplaban del Atlántico cantaban sobre cosas melancólicas.

—¿Por qué no es feliz el viento, mamá? —preguntó Walter una noche.

—Porque recuerda todos los dolores del mundo desde que empezó el tiempo —le respondió Ana.

—Gime porque hay humedad en el aire —dijo, frunciendo la nariz, la tía Mary María—, y a mí me está matando este dolor en la espalda.

Pero algunos días hasta el viento soplaba con alegría a través del plateado bosque de arces grises, y otros días no había viento, sólo un suave sol veraniego y las sombras quietas de los árboles desnudos en todo el parque y una inmovilidad helada durante la puesta de sol.

—Mirad el lucero de la tarde por encima del álamo de Lombardía, en aquel rincón —dijo Ana—. Cada vez que veo algo así, recuerdo que debo alegrarme de vivir.


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