Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Me parece que ya no tenemos inviernos como los de antes, ¿no, mamá? —preguntó Walter, sombrÃo.
Pues la nieve de noviembre se habÃa ido hacÃa ya tiempo, y durante todo diciembre, Glen St. Mary habÃa sido una tierra negra y adusta, bordeada por un golfo gris salpicado por una cresta rizada de espuma blanca. HabÃa habido muy pocos dÃas de sol, cuando el puerto resplandecÃa entre los brazos dorados de las colinas; los demás habÃan sido todos tristes y gélidos. En vano los habitantes de Ingleside esperaban nieve para Navidad, pero los preparativos seguÃan avanzando, y cuando finalizaba la última semana, Ingleside estaba llena de misterio, secretos, susurros y aromas deliciosos. Ahora bien, la vÃspera de la Navidad todo estaba preparado. El abeto que Walter y Jem habÃan traÃdo del Pozo estaba en una esquina de la sala; las puertas y ventanas estaban adornadas con grandes coronas verdes atadas con cintas rojas. Las barandas lucÃan lazos de ramas, y la despensa de Susan casi desbordaba. A última hora de la tarde, cuando todos se habÃan resignado a una opaca Navidad «verde», alguien miró por una ventana y vio copos blancos, grandes como plumas, que caÃan pesadamente.
—¡Nieve! ¡Nieve! ¡Nieve! —gritó Jem—. ¡Una Navidad blanca después de todo, mamá!
