Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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13

—Me parece que ya no tenemos inviernos como los de antes, ¿no, mamá? —preguntó Walter, sombrío.

Pues la nieve de noviembre se había ido hacía ya tiempo, y durante todo diciembre, Glen St. Mary había sido una tierra negra y adusta, bordeada por un golfo gris salpicado por una cresta rizada de espuma blanca. Había habido muy pocos días de sol, cuando el puerto resplandecía entre los brazos dorados de las colinas; los demás habían sido todos tristes y gélidos. En vano los habitantes de Ingleside esperaban nieve para Navidad, pero los preparativos seguían avanzando, y cuando finalizaba la última semana, Ingleside estaba llena de misterio, secretos, susurros y aromas deliciosos. Ahora bien, la víspera de la Navidad todo estaba preparado. El abeto que Walter y Jem habían traído del Pozo estaba en una esquina de la sala; las puertas y ventanas estaban adornadas con grandes coronas verdes atadas con cintas rojas. Las barandas lucían lazos de ramas, y la despensa de Susan casi desbordaba. A última hora de la tarde, cuando todos se habían resignado a una opaca Navidad «verde», alguien miró por una ventana y vio copos blancos, grandes como plumas, que caían pesadamente.

—¡Nieve! ¡Nieve! ¡Nieve! —gritó Jem—. ¡Una Navidad blanca después de todo, mamá!


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