Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Fue lo que Susan llamaba un invierno inestable: todo congelamiento y descongelamiento, lo que mantuvo a Ingleside decorada con fantásticas guirnaldas de carámbanos. Los niños les daban de comer a siete grajos que iban regularmente al jardín en busca de sus raciones y que se dejaban coger por Jem, aunque le huían a cualquier otra persona. Durante enero y febrero, Ana se quedaba levantada hasta tarde, devorando catálogos de semillas. Luego los vientos de marzo se arremolinaron sobre las dunas, el golfo y las colinas. Los conejos, según decía Susan, estaban poniendo huevos de Pascua.

—¿Verdad que marzo es un mes incitante, mami? —exclamó Jem, que era el hermanito menor de todos los vientos habidos y por haber.

Podrían haber prescindido de la incitación de Jem cuando el niño se lastimó la mano con un clavo herrumbrado y pasó unos cuantos días con mucho dolor, mientras la tía Mary María contaba todas las historias de envenenamiento de la sangre que había oído en su vida. «Pero —pensó Ana cuando el peligro hubo pasado—, hay que estar preparados para cualquier cosa cuando se tiene un hijo pequeño que siempre está probando experimentos nuevos».

¡Y hete aquí que llegó abril! Con las risas de la lluvia de abril… los murmullos de la lluvia de abril… el goteo, el revuelo, el empuje, el voleo, el paso de baile, la vuelta en el aire de la lluvia de abril.


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