Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Pensé que era mejor venir, querida —dijo la señorita Cornelia—, a explicarte lo del teléfono. Fue todo un gran error, lo siento, la prima Sarah no se murió, después de todo.

Ahogando una sonrisa, Ana le ofreció una silla en la galería a la señorita Cornelia, y Susan, apartando la mirada del cuello de encaje que estaba tejiendo en punto escocés para su sobrina Gladys, exhaló con una cortesía escrupulosa:

—Buenas noches, señora Elliott.

—Esta mañana llegó del hospital la noticia de que había fallecido durante la noche, y pensé que debía avisarte, ya que ella era paciente del doctor. Pero era otra Sarah Chase; la prima Sarah vive y seguirá viviendo, gracias a Dios. Se está muy bien aquí, Ana. Siempre digo que si en algún lugar hay brisa es en Ingleside.

—Susan y yo estábamos disfrutando del encanto de esta noche estrellada —dijo Ana.

Dejó a un lado el vestido fruncido de muselina rosada que le estaba haciendo a Nan, y entrelazó las manos sobre las rodillas. Una excusa para no hacer nada por un ratito siempre era bienvenida. Ni ella ni Susan tenían muchos momentos de ocio esos días.


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